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La ciudad crece y la vida desaparece

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Mérida ya no es la misma y el cambio no está pasando desapercibido. En la última década, la ciudad ha perdido áreas verdes a un ritmo alarmante, sustituidas por fraccionamientos, desarrollos y cemento que avanzan sin freno. Lo que antes eran árboles, sombra y vida, hoy son calles saturadas, tráfico constante y colonias donde el calor pega más fuerte que nunca. Estudios internacionales como la regla del 3-30-300 advierten que la falta de vegetación impacta directamente en la salud mental, pero aquí el crecimiento urbano se impuso sin medir consecuencias. La ciudad creció… pero no se preparó para sostener ese crecimiento.

Árboles que desaparecen, camellones secos, parques abandonados y una fauna que se queda sin espacio, obligada a moverse entre el concreto y el riesgo. A eso se suma el caos vial, el aumento descontrolado de vehículos y servicios que ya no dan el ancho. Mérida se vendió como refugio, pero terminó convertida en una ciudad rebasada por su propio éxito. La gentrificación, la llegada masiva de población y la falta de planeación dejaron una factura que hoy pagan los de siempre: los ciudadanos que ven cómo su entorno se deteriora sin que nadie dé respuestas claras.

Y mientras todo esto ocurre, desde el poder la prioridad parece ser otra, hay que ser honestos la administración actual y la cúpula política siguen apostando al crecimiento inmobiliario y a los acuerdos que lo sostienen, mientras el problema ambiental, urbano y social se acumula sin control. Mérida dejó de ser verde, perdió su encanto y se quedó en las manos de una cúpula que estaba dispuesta a dejarlo todo para verla volverse un bloque gris donde la vida natural se apaga poco a poco. Hoy la ciudad crece… pero también se marchita.