Ningún presidente del PRI salió “limpio”: el patrón de escándalos que se repite sexenio tras sexenio
En casi un siglo de historia, el PRI puede presumir muchas cosas… menos una: un presidente sin sombra. Cuando se revisan investigaciones periodísticas, expedientes y escándalos documentados, el trazo se repite: uso del poder sin contrapesos, redes de favores y cuentas que rara vez se aclararon en su momento. En la era del PRI hegemónico, la ausencia de condenas no significó honestidad; significó un sistema diseñado para no castigar al de arriba.
Los ejemplos sobran. Con Enrique Peña Nieto, la “Casa Blanca” se convirtió en símbolo de conflicto de interés: una residencia valuada alrededor de 7 millones de dólares, ligada a un contratista con obras públicas, detonó indignación nacional. En el mismo sexenio, el caso Odebrecht explotó por señalamientos de sobornos y dinero usado para comprar decisiones políticas, un lodazal que alcanzó a Pemex y a la credibilidad del Estado. Y si nos vamos atrás, Luis Echeverría llegó a enfrentar acusaciones por delitos relacionados con la represión de 1971; un juez terminó desechando la figura de genocidio, pero el episodio dejó una marca histórica: el PRI gobernaba con fuerza… y con silencio.
Algunos intentan salvar la narrativa con el “menos peor”, y mencionan a Adolfo Ruiz Cortines por su línea de austeridad y medidas anticorrupción, incluso con exigencia de declaración patrimonial a funcionarios. Pero el punto de fondo no se mueve: el PRI fue una maquinaria donde el escándalo podía cambiar de forma, no de esencia. Por eso cada vez que el partido se indigna y se dice víctima, conviene recordar algo simple: en su historia, la polémica no fue accidente… fue método.


