El poder que grita: Cuando tía Ceci pierde el control y la ciudad paga
La escena reciente en Palacio no fue un arranque: fue una señal. La reacción airada de Cecilia Patrón Laviada confirma una estrategia conocida cuando el argumento se agota: subir el volumen para tapar el vacío. Frente a señalamientos concretos, no hubo datos ni explicaciones; hubo descalificación, dramatización y un relato que se defiende a gritos. El enojo funcionó como cortina. No se habló de cobros en espacios públicos, se habló de “paginitas”. No se explicó el presupuesto, se insinuaron conspiraciones. El poder dejó de responder y empezó a performar.
Este patrón no es liderazgo; es negación cognitiva pública. Quien tiene cifras explica, quien no, se irrita. La alcaldesa desplazó el debate de lo técnico a lo emocional, normalizó la privatización llamándola “mantenimiento” y se victimizó para convertir la crítica ciudadana en ataque abstracto. Presumió logros aislados para negar rezagos generales y elevó la voz para sustituir la rendición de cuentas. La disonancia entre discurso y experiencia cotidiana ya no se resuelve con argumentos porque el relato no alcanza.
La ciudad lo resiente. Mientras el gobierno se refugia en bots, consignas y palabras huecas, Mérida sigue esperando respuestas medibles. Gobernar no es gritar ni posar; es sostener lo público, explicar decisiones y corregir errores. Cuando el poder se enoja ante los señalamientos, no defiende a la ciudad: defiende su narrativa. Y cuando la narrativa se impone al bienestar, la confianza se erosiona. Aquí, el que se enoja pierde. Y la ciudad no puede seguir pagando ese costo.


